Por Melvinson Almánzar
Periodista y analista político
En la República Dominicana, hablar del arroz no es simplemente hablar de agricultura. Es hablar de soberanía alimentaria, seguridad económica, empleos, estabilidad social y del futuro de miles de familias que durante generaciones han vivido de la producción de uno de los alimentos más importantes de la dieta nacional.
El arroz es mucho más que un producto de consumo masivo. Constituye un símbolo de la capacidad productiva del campo dominicano y representa uno de los pilares fundamentales de nuestra seguridad alimentaria. Sin embargo, hoy este sector enfrenta interrogantes que merecen respuestas claras, particularmente en lo relacionado con las importaciones, los costos de producción, la rentabilidad de los agricultores y la capacidad del Estado para proteger la producción nacional sin perjudicar al consumidor.
La controversia sobre las importaciones de arroz ha vuelto a colocar sobre la mesa una discusión que ningún gobierno debería abordar con ligereza: ¿estamos fortaleciendo nuestra capacidad para producir los alimentos que consumimos o estamos creando condiciones que podrían aumentar progresivamente nuestra dependencia del mercado internacional?
Las importaciones: ¿solución temporal o amenaza permanente?
Las importaciones de arroz pueden ser necesarias en determinadas circunstancias, especialmente cuando existen déficits de producción, problemas climáticos o situaciones extraordinarias que comprometen el abastecimiento. Sin embargo, importar sin una planificación transparente y sustentada en datos confiables puede generar consecuencias negativas para los productores nacionales.
El problema no consiste exclusivamente en determinar cuánto arroz entra al país, sino en establecer por qué se importa, quiénes reciben las autorizaciones, cuáles son los criterios utilizados y cómo esas decisiones afectan los precios que reciben los agricultores dominicanos.
Cuando un productor invierte recursos en preparar sus terrenos, adquirir semillas, fertilizantes, combustibles y contratar trabajadores, necesita condiciones mínimas de estabilidad para recuperar su inversión. Si posteriormente debe competir con importaciones que alteran las condiciones del mercado, su rentabilidad puede quedar seriamente comprometida.
Y aquí surge una pregunta inevitable: ¿de qué sirve promover discursos sobre autosuficiencia alimentaria si las decisiones comerciales no están debidamente coordinadas con las necesidades de quienes producen nuestros alimentos?
El Gobierno tiene que responder por su política arrocera
La administración del presidente Luis Abinader tiene la responsabilidad de explicar con transparencia su estrategia para garantizar la estabilidad del sector arrocero.
No basta con anunciar programas de apoyo, financiamiento o asistencia técnica. Es indispensable demostrar que las políticas públicas están produciendo resultados sostenibles, tanto para los agricultores como para los consumidores.
El Ministerio de Agricultura debe ofrecer información periódica y verificable sobre los inventarios nacionales, la producción estimada, el consumo interno, los permisos de importación y las necesidades reales del mercado.
Porque cuando las cifras no están claras, se abre espacio para la especulación, la desconfianza y los conflictos entre productores, comerciantes, industriales y autoridades.
El país necesita saber si las decisiones sobre importaciones responden exclusivamente a necesidades de abastecimiento o si existen distorsiones que terminan favoreciendo a determinados actores económicos.
Esta interrogante exige transparencia, no acusaciones sin pruebas. Corresponde a las autoridades publicar la información que permita despejar cualquier duda.
Los agricultores no pueden continuar cargando con todos los riesgos
Producir arroz en la República Dominicana representa un desafío económico considerable.
El costo de los fertilizantes, los combustibles, la maquinaria agrícola, la mano de obra, el financiamiento y los sistemas de riego influye directamente sobre la rentabilidad de los productores.
A estas dificultades se agregan los riesgos climáticos, las inundaciones, las sequías y las variaciones del mercado.
Mientras tanto, el agricultor debe asumir compromisos financieros mucho antes de saber cuánto recibirá por su cosecha.
La agricultura no puede sostenerse únicamente sobre la capacidad de sacrificio de los productores. Requiere planificación, tecnología, financiamiento oportuno, infraestructura y reglas comerciales estables.
Un país que permite que producir alimentos deje de ser rentable está comprometiendo su seguridad alimentaria futura.
Y cuando un agricultor abandona sus tierras porque ya no puede sostener su actividad, no solamente desaparece una unidad productiva: también se pierden empleos, conocimientos acumulados y oportunidades económicas en las comunidades rurales.
El consumidor también merece protección
Sería un error abordar esta discusión únicamente desde la perspectiva de los productores.
El arroz es un alimento esencial en la mesa dominicana, especialmente en los hogares de menores ingresos. Por tanto, cualquier política pública debe procurar precios accesibles y un suministro estable.
Pero proteger al consumidor no significa necesariamente recurrir de manera indiscriminada a las importaciones.
El verdadero desafío consiste en reducir los costos de producción, mejorar la productividad, fortalecer los mecanismos de comercialización y evitar márgenes excesivos de intermediación.
Resulta necesario examinar cuánto recibe el productor por cada quintal de arroz y cuánto termina pagando el consumidor por el producto procesado.
Esa diferencia merece un análisis riguroso de los costos industriales, el transporte, la distribución, los impuestos aplicables y los márgenes comerciales.
Porque si el productor considera insuficiente el precio que recibe y el consumidor entiende que paga demasiado, entonces debemos preguntarnos dónde se están generando las principales distorsiones del mercado.
El DR-CAFTA obliga a pensar estratégicamente
La política arrocera dominicana también enfrenta los compromisos comerciales derivados del Tratado de Libre Comercio entre República Dominicana, Centroamérica y Estados Unidos, conocido como DR-CAFTA.
La liberalización comercial del arroz plantea desafíos importantes para un sector que históricamente ha contado con mecanismos de protección.
Pero los compromisos internacionales no pueden convertirse en una excusa para abandonar a los productores.
El Estado debe utilizar los instrumentos legales disponibles, fortalecer la competitividad del sector y diseñar mecanismos de transición que permitan a los agricultores enfrentar las nuevas condiciones comerciales.
La respuesta no puede limitarse a levantar barreras ni a abrir indiscriminadamente el mercado. Tiene que sustentarse en una estrategia de productividad, modernización y defensa legítima de los intereses nacionales.
El arroz no debe convertirse en otro negocio para unos pocos
Una de las mayores preocupaciones que debe generar cualquier política de importaciones es la posibilidad de que las decisiones terminen concentrando beneficios en un número reducido de agentes económicos.
No se trata de criminalizar a los importadores ni de presentar al comercio internacional como enemigo de la producción dominicana.
Se trata de exigir reglas claras, igualdad de oportunidades y mecanismos efectivos de supervisión.
El Gobierno debe garantizar que las autorizaciones de importación, cuando correspondan, se otorguen mediante procedimientos transparentes y sustentados en criterios técnicos.
También debe impedir que las decisiones administrativas generen ventajas indebidas o afecten injustificadamente a quienes producen en territorio nacional.
La política alimentaria de una nación no puede diseñarse para proteger privilegios particulares; debe responder al interés colectivo.
Una crisis que exige decisiones, no propaganda
La República Dominicana necesita una política arrocera de largo plazo que trascienda los períodos presidenciales y las diferencias partidarias.
Esa estrategia debe incluir financiamiento competitivo, modernización de los sistemas de riego, investigación agrícola, semillas de alto rendimiento, mecanización, seguros agropecuarios y fortalecimiento de las organizaciones de productores.
También requiere información pública confiable sobre producción, inventarios, importaciones y precios, de manera que las decisiones comerciales no dependan de improvisaciones.
La protección del campo dominicano no puede reducirse a fotografías oficiales, reuniones con dirigentes agrícolas o anuncios de asistencia gubernamental.
Los resultados deben medirse en productividad, rentabilidad, estabilidad de precios y capacidad de abastecimiento.
Reflexión final: sin productores no hay soberanía alimentaria
El presidente Luis Abinader y las autoridades agropecuarias tienen ante sí una responsabilidad que va más allá de resolver una controversia coyuntural.
Deben demostrar que existe una política coherente para garantizar que el arroz dominicano continúe siendo competitivo y que los agricultores puedan vivir dignamente de su trabajo.
No podemos permitir que las decisiones de hoy comprometan la capacidad productiva de mañana.
Tampoco podemos defender al productor a costa de condenar al consumidor a pagar precios injustificados.
El equilibrio es posible, pero exige voluntad política, planificación, transparencia y una verdadera comprensión del valor estratégico de la agricultura.
La República Dominicana no puede darse el lujo de convertir sus campos productivos en tierras abandonadas mientras aumenta su dependencia de alimentos importados.
Porque cuando un país pierde la capacidad de producir lo que come, pierde también una parte fundamental de su independencia económica.
El arroz dominicano no necesita discursos de protección. Necesita políticas públicas que garanticen su futuro.



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